
Hoy, 11 de septiembre, se cumple un aniversario mas del golpe de estado en Chile que terminó con el gobierno de Salvador Allende, pero cabe señalar que ese acto también tuvo como consecuencia el vil asesinato de Victor Jara, un artista que convirtió la canción en memoria, dignidad y esperanza.
Hablar de Víctor Jara es hablar de una forma de entender el arte como servicio humano. Su nombre suele asociarse con la música latinoamericana, con la historia de Chile y con la defensa de los derechos humanos, pero también puede leerse desde una idea sencilla y profunda: vivir en paz no significa apartarse del dolor del mundo, sino responder a él con sensibilidad, conciencia y solidaridad.
Un artista nacido del pueblo
Víctor Lidio Jara Martínez nació en Chile en 1932 y creció vinculado al mundo campesino y a la cultura popular. Según Memoria Chilena, fue hijo de un inquilino y de una cantora popular, y esa raíz marcó profundamente su sensibilidad artística. Antes de consolidarse como cantautor, estudió teatro en la Universidad de Chile y llegó a ser reconocido como uno de los directores teatrales más importantes de su tiempo.
Esta doble formación —la música y el teatro— le permitió comprender el arte como una experiencia colectiva. Para Jara, cantar no era solamente interpretar melodías; era contar historias, representar voces olvidadas y abrir un espacio donde la vida cotidiana de trabajadores, campesinos, pobladores y familias humildes pudiera ser escuchada.
El arte como camino hacia la paz
El título de este artículo, El derecho de morir de pie y en paz, dialoga con una de sus canciones más conocidas: El derecho de vivir en paz. En el título de esa canción la paz aparece como un derecho, no como un privilegio. No se trata de una paz vacía, sostenida por el silencio o la indiferencia, sino de una paz relacionada con la justicia, la dignidad y la posibilidad de vivir sin opresión.
Desde esa mirada, Víctor Jara enseñó que el arte puede ser una forma de educación moral y social. Sus canciones no buscaban imponer una respuesta única, sino despertar preguntas: ¿quiénes son los que sufren?, ¿qué significa vivir con dignidad?, ¿cómo se construye una sociedad más humana? Esa capacidad de provocar reflexión convierte su obra en una herramienta pedagógica todavía vigente.
Memoria, derechos humanos y legado
Tras el golpe de Estado en Chile de 1973, Víctor Jara fue detenido, torturado y asesinado en el Estadio Chile, lugar que hoy lleva su nombre. Su muerte lo convirtió en un símbolo internacional de la memoria y de la defensa de los derechos humanos, pero su legado no debe reducirse únicamente a la tragedia. Lo que permanece vivo es también su valentía en sus últimas horas mientras era torturado de la manera mas vil (días de severas palizas e inclusive la fractura de sus manos para luego morir fusilado), la fuerza de su obra, su manera de cantar por los demás y su convicción de que la cultura podía acompañar los procesos de transformación social. Por eso Victor Jara, a pesar del abusivo y doloroso proceso que lo llevó a la culminación de sus días, nos enseño con su ejemplo EL DERECHO DE MORIR DE PIE Y EN PAZ.
Recordar a Víctor Jara es, entonces, practicar una memoria activa. No se trata de mirar el pasado como algo cerrado, sino de preguntarnos qué hacemos hoy con esa herencia. En tiempos de violencia, desigualdad y desinformación, su obra invita a educar para la paz desde la sensibilidad, el pensamiento crítico y el respeto por la dignidad humana.
Canciones que educan la sensibilidad

La obra de Jara se distingue por su sencillez expresiva y por su profundidad humana. Canciones como Te recuerdo Amanda, Plegaria a un labrador y El derecho de vivir en paz combinan poesía, memoria y compromiso social. En ellas, los personajes no son figuras abstractas: son personas concretas, con trabajo, amor, cansancio, esperanza y derecho a una vida mejor.
Por eso, escuchar a Víctor Jara en un contexto social y educativo no consiste solo en estudiar a un músico del pasado. Consiste en aprender a mirar la realidad con empatía. Su música ayuda a comprender que la historia no está hecha únicamente de fechas y gobiernos, sino también de voces, cuerpos, afectos y luchas cotidianas.
Conclusión
Víctor Jara nos recuerda que la paz no es una idea decorativa ni una palabra cómoda. Es una tarea diaria que exige memoria, justicia, ternura y compromiso. Su arte nos enseña que cantar también puede ser una forma de cuidar la vida; que educar también puede ser abrir los oídos al sufrimiento ajeno; y que vivir en paz implica reconocer la humanidad de quienes han sido silenciados.
En ese sentido, acercarse a su música es más que recordar a un artista: es aceptar una invitación ética. La invitación a construir, desde nuestras palabras, nuestras acciones y nuestras comunidades, una paz con memoria, una paz con dignidad y una paz verdaderamente humana.

Francisco Javier Quiñones es profesor de música y dirección coral. Su extensa carrera en el ambiente artistico, educativo y musical de más de 25 años le ha permitido trabajar con un sin número de jovenes y cantantes de renombre presentandose también en grandes escenarios abarcando géneros cultos y populares.
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